9 de julio de 2014 / 21:44 / hace 3 años

Humillación en el Mundial, otro golpe a la confianza brasileña

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Una hincha de Brasil camina en una noche lluviosa tras ver el encuentro de su selección ante Alemania por semifinales de la Copa del Mundo en Río de Janeiro, jul 8 2014. Se suponía que el Mundial sería la presentación en sociedad para Brasil, la superpotencia futbolística revelándose también como una potencia económica y geopolítica.Jorge Silva

SAO PAULO (Reuters) - Se suponía que el Mundial sería la presentación en sociedad para Brasil, la superpotencia futbolística revelándose también como una potencia económica y geopolítica.

Los hinchas que llegaran a Brasil y los espectadores serían testigos no sólo de un mes de un fútbol fabuloso, sino también del crecimiento económico que sacó a 35 millones de brasileños de la pobreza en la última década.

Imágenes de estadios brillantes y en especial la construcción de trenes rápidos y nuevos y pacíficos barrios pobres serían la vidriera de la izquierda brasileña, ganando imitadores en América Latina, África y otros lados.

Y, por supuesto, el equipo anfitrión ganaría su sexto título mundial.

Por ello, la derrota por 7-1 del martes en la semifinal contra Alemania fue algo más que uno de los resultados más sorprendentes en la historia deportiva. Fue un gran golpe a la confianza del país, el último de una serie de sueños que no se hicieron realidad.

La otrora boyante economía brasileña se ha estancado y ha estado acosada por tres años de alta inflación, sin un final visible. Su influencia diplomática se redujo mientras otros países latinoamericanos son testigos de sus problemas y adoptan un camino más agresivo de reformas pro-mercado.

El mismo Mundial estuvo plagado de excesivo gasto en estadios, proyectos de infraestructura sin terminar y la muerte de más de una decena de personas en accidentes en las construcciones.

Las noticias no han sido todas malas, sin embargo. En el torneo se vieron algunos de los partidos más memorables en años, mientras que los brasileños se llevaron elogios como anfitriones cálidos y entusiastas.

Además, las masivas protestas callejeras y problemas logísticos que muchos críticos temían en estadios y aeropuertos nunca se materializaron.

Pero el fútbol nunca ha sido sólo un juego en Brasil. Es una parte central de la identidad nacional y el desempeño de la selección en la cancha ha sido siempre visto, para bien o para mal, como el reflejo de las fortalezas y debilidades fuera del campo.

Por lo tanto, la sorpresiva y abultada derrota del martes parece haber cambiado dramáticamente la manera en que los brasileños verán este Mundial, y los 11.000 millones de dólares que el Gobierno gastó para albergarlo, mientras lidian con una sensación de malestar nacional.

"¿Qué sentido tuvo esto?", dijo molesto Denilson Oliveira, un empleado administrativo, en el centro de Sao Paulo. "No ganamos, no resolvimos los otros problemas. Nos prometieron el cielo y ahora estamos en el infierno", agregó en declaraciones el miércoles en la mañana.

Los periódicos también publicaron reflexiones sobre la identidad nacional. "La derrota pone en duda nuestra cultura de improvisación", dijo el diario Estado de S.Paulo.

No Nos Dejemos Llevar

La derrota tuvo ecos hasta en Wall Street, donde analistas divulgaron reportes analizando si el ánimo nacional podría dañar aún más la economía o las posibilidades de reelección de la presidenta Dilma Rousseff en octubre.

Otros más cautos dijeron que la depresión pasaría rápidamente, como ocurrió con otras derrotas en Mundiales, con poco riesgo de un daño duradero para Rousseff o de que vuelvan las protestas que sacudieron al país el año pasado.

Igualmente, los políticos pueden señalarse como un poco responsables por haber vinculado al torneo con temas más grandes.

Cuando la FIFA le otorgó el Mundial a Brasil en octubre del 2007, el entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva dijo al público en Zúrich que lo que estaba en juego era más que un partido.

"Lo que estamos asumiendo aquí es una responsabilidad como país, como Gobierno para probarle al mundo que somos una economía creciente, estable, que somos uno de los países que ha conquistado la estabilidad", dijo Lula en ese momento.

Antes de dejar su cargo en el 2010, Lula también prometió usar el Mundial como una excusa para mejorar la obsoleta infraestructura de Brasil.

Pero la mitad de los mejoramientos planeados quedaron sin terminar, mientras que el proyecto insignia de la Copa -un tren bala que vincularía Sao Paulo con Río de Janeiro- fue pospuesto indefinidamente.

El pesimismo podría aumentar ahora que hay poco más en que centrarse, al menos en el corto plazo.

"No sé qué esperar ahora", dijo Silvia Wrachel, una maestra. "Se suponía que el Mundial nos iba a dar alegría. Pensaba en el torneo todos los días en el autobús cuando iba a trabajar. ¿Y ahora qué?", se preguntó.

Reporte adicional de Silvio Cascione; Traducido por Patricia Avila, editado en español por Silene Ramírez

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