7 de noviembre de 2014 / 15:08 / hace 3 años

El Relámpago del Catatumbo, la tormenta eterna de Venezuela

Unos rayos sobre Ologa, donde se alimenta el río Catatumbo, en el estado venezolano de Zulia, oct 23 2014. Cuando Erik Quiroga cumplió cinco años, su madre le apuntó en el horizonte el espectáculo de luces de una fastuosa tormenta eléctrica que se gestaba casi todas las noches a 65 kilómetros al oeste de su natal Valera, al pie de los Andes venezolanos. REUTERS/Jorge Silva

LAGO DE MARACAIBO Venezuela (Reuters) - Cuando Erik Quiroga cumplió cinco años, su madre le apuntó en el horizonte el espectáculo de luces de una fastuosa tormenta eléctrica que se gestaba casi todas las noches a 65 kilómetros al oeste de su natal Valera, al pie de los Andes venezolanos.

Cuatro años más tarde, cuando se trasladó con su familia a las inmediaciones del lago de Maracaibo, epicentro de aquella tormenta eterna, por fin conoció de cerca lo que terminaría siendo el amor de su vida: el Relámpago del Catatumbo.

“A los nueve años me enamoré del relámpago, aquello me impactó”, recordó Quiroga durante una entrevista con Reuters.

Pasaron los años, Quiroga se volvió ambientalista y tras casi dos décadas de investigación, logró que el Relámpago del Catatumbo, recibiera el récord Guinness, destronando al poblado congoleño de Kifuka como el lugar donde se producen la mayor cantidad de rayos por kilómetro cuadrado al año: 250.

Casi todas las noches, en aquella selva húmeda y casi virgen adyacente a Colombia, los vientos fríos de la cordillera de los Andes se entrecruzan con las brisas cálidas del lago Maracaibo, el más grande de Sudamérica, formando enormes tormentas que iluminan el cielo por hasta 10 horas con un promedio de 28 rayos por minuto: una descarga de energía capaz de encender todas las bombillas de Latinoamérica.

Gracias a la frecuencia y el brillo de su rayo, visible hasta desde 400 kilómetros de distancia, la tormenta ha sido utilizada como guía por marineros desde tiempos coloniales, ganándose el apodo de “Faro de Maracaibo” y un sitial en la bandera y escudo de su estado, Zulia.

CAMBIANDO LA HISTORIA

Los libros de historia muestran que el relámpago ha tenido un papel preponderante para Venezuela, salvándola de dos invasiones: la primera fue en 1595 cuando iluminó la flotilla del corsario inglés Francis Drake que pretendía saquear la ciudad de Maracaibo, por entonces, bajo control español.

Un cuarto de siglo después, durante la guerra por la independencia de Venezuela en 1823, los imponentes destellos del relámpago encendieron el cielo por horas y delataron a la armada española que intentaba escabullirse hacia la orilla.

Pero los atributos del relámpago van más allá de Venezuela.

Quiroga, un ambientalista de 64 años, sostiene que el Catatumbo contribuye a la regeneración de la capa de ozono, apoyándose en un estudio de la Universidad de Harvard.

A pesar de su fama, los pueblos palafíticos aledaños al relámpago, Ologá y Congo Mirador, apenas reciben visitantes.

En 1981, el entonces surfista Alan Highton llegó a Venezuela desde su natal Barbados enamorado de una venezolana. Años más tarde se casó con ella, aprendió español y se dedicó a trabajar como guía turístico en el estado andino de Mérida, donde vive.

Una tarde, a lo lejos, divisó el Relámpago del Catatumbo pero, como recuerda, “no creí que fuera algo tan especial”.

No fue hasta 1995, que llegó al lago Maracaibo en una visita a sus coloridos palafitos, cuando quedó prendado de este irrepetible fenómeno natural. Highton compró una casa a orillas del lago y empezó a llevar turistas para ver el relámpago.

“Estamos trabajando para que el mundo conozca más sobre Venezuela y su potencial como destino turístico”, dijo Highton, de 51 años, en la terraza de su humilde casa sobre el lago.

A pesar de sus bellezas naturales que inspiraron películas como “Avatar” y “Up”, Venezuela apenas recibió 1,2 millones de turistas el año pasado, mientras que su vecino Colombia dio la bienvenida a casi 4 millones.

“Todavía hay mucho por hacer”, dijo Highton cruzando los brazos, mientras una descomunal tormenta empezaba a gestarse en la oscuridad de la noche.

Reporte de Diego Oré; Editado por Juana Casas

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