20 de febrero de 2008 / 11:36 / hace 9 años

ENFOQUE-Ignorancia y pobreza afectan a patrimonio en A. Latina

6 MIN. DE LECTURA

Por Mario Naranjo

SANTIAGO (Reuters) - El símbolo del Banco Central del Ecuador, una máscara de oro que representa al sol, es una de las piezas clave de la historia del país andino, pero no llegó al museo de manos de arqueólogos: lo llevó un ciudadano común, que la quería vender por su peso.

Ernesto Salazar, arqueólogo ecuatoriano, todavía recuerda cuando la gente acudía al Banco Central a vender piezas de oro, vasijas de barro y otras obras precolombinas.

"Eran filas de gente que se extendían por dos o tres pisos del edificio del banco (central) que llevaban las piezas en cajas de cartón para venderlas," comentó a Reuters cuando rememoraba cómo se formó el mayor museo precolombino de Ecuador.

"La gente vendía las piezas y regresaba a la semana siguiente (...) La pobreza y la ignorancia son los pilares en los que se sustenta la destrucción de nuestro patrimonio," sostiene Salazar, para quien la falta de recursos empuja a la comunidad a saquear depósitos arqueológicos, ya que muchas veces "no tienen ni qué cosechar (...) no tienen mayor alternativa."

La práctica del Banco Central del Ecuador, algo inusual para un ente emisor, permitió preservar parte del patrimonio, pero, paradójicamente, también le valió una denuncia a finales de la década de 1980 por "fomentar la huaquería" (saqueo).

Pero no todas las piezas corrieron la misma suerte. Muchas se perdieron en manos de coleccionistas privados, turistas y joyeros. Historia que se repite en toda la región.

"El patrimonio cultural en estos países está en total abandono, permitiendo que los profanadores y el tráfico ilegal (...) opere con plena libertad," afirma David Chumpitaz, presidente de la Comisión de Defensa del Patrimonio Arqueológico del Colegio de Arqueólogos de Perú.

Pero la destrucción del patrimonio tangible de América Latina no se da solamente por la pobreza de la población, pues los arqueólogos acusan a mafias que operan a pedido de coleccionistas privados y, en algunos casos, de museos.

"Los traficantes de bienes culturales prefieren ser ellos mismos los que contratan a sus huaqueros (saqueadores) para que les provean de bienes culturales de lugares ya conocidos o seleccionados con anticipación," dice Chumpitaz.

"Estos carteles del tráfico ilegal de bienes culturales proveen de todo lo necesario a sus huaqueros para que realicen sus delitos con todo las comodidades del caso; el tráfico ilegal de bienes culturales actúa impunemente en estos países, especialmente en el Perú," añade.

Para el uruguayo Carlos María Gutiérrez, del Centro Latinoamericano de Economía Humana, con sede en Montevideo, muchas veces los saqueadores aprovechan la falta de un inventario adecuado para trabajar a pedido de terceros.

"El que saquea o roba trabaja desde el secreto, desde los contactos que tiene" y recuerda la desaparición de mapas, grabados y otros documentos desde las bibliotecas de Uruguay.

Dificil Defensa

El que una pieza pueda llegar a valer su peso en oro, o que un cuadro de las escuelas de arte de la colonia pueda alcanzar cientos de miles de dólares en el mercado negro, hace que el saqueo sea un negocio que no parece tener fin.

Además, las escuálidas economías latinoamericanas destinan pocos recursos para la defensa de su patrimonio.

Las bandas organizadas y los que saquean para sobrevivir se benefician de una legislación de protección del patrimonio cultural "muy ambigua y débil en el momento de sancionar a los depredadores," sostiene Chumpitaz.

Adicionalmente, asegura que las "instituciones estatales (están) carentes de recursos e infraestructura para cumplir su objetivo y/o (son) muy burocratizadas, (lo) que en la práctica anula toda acción preventiva y de protección a estos bienes."

En los congresos de arqueólogos se ha intentado articular acciones para ayudar a la conservación del patrimonio cultural, pero todo ha quedado en buenas intenciones.

"No han dejado de ser reuniones de técnicos (...) esas cosas deben tener una contraparte judicial, una contraparte policial," recalca Gutiérrez, para quien parte de la solución comenzaría por hacer un inventario más detallado y minucioso de los bienes para saber qué existe y así poder defenderlo.

Un segundo paso sería "trabajar con la comunidad para crear conciencia, orgullo local," sugiere Salazar, idea que es compartida por Chumpitaz, para quien existe una "ruptura de la mayoría de los habitantes con su patrimonio cultural."

El crear conciencia en la sociedad ha dado sus frutos. Por ejemplo, en Bolivia son los aymaras los que manejan el museo de tiawanacu, que fue armado en base al retorno de piezas sacadas del altiplano y que se encontraban en poder de coleccionistas privados y otros museos.

Pero la defensa del patrimonio es algo urgente, porque el saqueo de sitios precolombinos, la destrucción de depósitos arqueológicos por asentamiento de población y el robo de piezas de la época de la colonia avanza a pasos agigantados y a este ritmo, "no va a quedar nada para reconstruir nuestro pasado," advierte Salazar.

Editado por Paulina Modiano

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