17 de abril de 2014 / 20:13 / hace 3 años

OBITUARIO-García Márquez, el Nobel que fundió magia y realidad

El escritor colombiano Gabriel García Márquez saluda a un grupo de periodistas y vecinos a las afueras de su domicilio en Ciudad de México, mar 6 2014. El escritor colombiano Gabriel García Márquez, creador del realismo mágico latinoamericano con su emblemática novela "Cien años de soledad", murió el jueves en la Ciudad de México a los 87 años de edad, dijo una periodista mexicana cercana a la familia. REUTERS/Edgard Garrido

Por Esteban Israel

(Reuters) - Borrando con su pluma la frontera entre lo mágico y lo real, el colombiano Gabriel García Márquez revolucionó las letras con historias de vida, de muerte y del más allá que lo convirtieron en el escritor más famoso y querido de América Latina.

El autor de “Cien años de soledad” se apagó el jueves a los 87 años en su casa de Ciudad de México, donde vivió la mitad de su vida. Su muerte cierra uno de los capítulos más ricos de la literatura latinoamericana.

Inspirado en las historias que de niño escuchó contar a sus abuelos, García Márquez creó el universo paralelo de Macondo y lo pobló con personajes alucinantes como mujeres que levitaban, hombres que regresan de la muerte y parejas que engendran bebés con colas de cerdo.

El escritor de sonrisa fácil, espeso bigote y pelo rizado fue la cara del boom de la literatura latinoamericana de la década de 1960. La estatura universal de su estilo, el realismo mágico, fue reconocida en 1982 con el Nobel de Literatura.

“Yo soy simplemente un observador de la realidad nuestra”, dijo a la televisión española TVE tras recibir el premio.

“Tengo una sensibilidad especial para este mundo en que nací y es con esa sensibilidad con la que yo trabajo”, explicó. “Me niego a salir de ella. No tengo por qué salir de ella. Me ha ido muy bien con ella”.

Y esa misma sensibilidad lo convirtió en un hombre político. Uno de sus mejores amigos era el líder cubano Fidel Castro y su hijo mayor fue bautizado por Camilo Torres, un cura español que fundó el grupo guerrillero colombiano Ejército Nacional de Liberación.

Metódico y obsesivo, García Márquez contó al periodista estadounidense Jon Lee Anderson que se levantaba todos los días a las cinco de la mañana. Leía un libro durante un par de horas, hojeaba los periódicos, respondía e-mails y -lloviera o brillara el sol- dedicaba cuatro horas diarias a escribir.

Sobre su mesa de trabajo su esposa Mercedes Barcha ponía cada mañana una rosa amarilla, primero junto a la máquina de escribir y después a una computadora Macintosh.

Su desaparición fue llorada por personalidades tan dispares como el ex presidente estadounidense Bill Clinton y la cantante Shakira. Hasta el escritor peruano Mario Vargas Llosa, con quien tuvo una larga amistad que acabó a los golpes, le dedicó palabras de respeto.

“Ha muerto un gran escritor”, dijo el Nobel peruano. “Sus novelas sobrevivirán y seguirán ganando lectores por doquier”.

Además de “Cien años de Soledad”, García Márquez dejó otros clásicos de la literatura latinoamericana como “El coronel no tiene quien le escriba”, “El otoño del patriarca”, “La hojarasca”, “Crónica de una muerte anunciada”, “Noticia de un secuestro” y “Memoria de mis putas tristes”.

NOBEL SIN FRAC

García Márquez era un hombre graciosamente irreverente y jamás ocultó sus ideas de izquierda.

En diciembre de 1982 se presentó a recibir el Nobel de manos del rey de Suecia vestido de liquilique, un traje tradicional de lino colombiano, en lugar del frac de etiqueta.

En su discurso no sólo habló del realismo mágico en América Latina, sino también de la desigualdad y las violaciones de los derechos humanos cometidas por las dictaduras militares de la época.

“Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras”, dijo. “Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza”.

Aunque su obra tiene profundas raíces en Colombia, García Márquez vivió durante décadas en México, donde se asiló en 1981 tras ser acusado de financiar al grupo guerrillero M-19.

Le gustaba definirse, un poco en broma y otro poco no, como un “gran conspirador”. A finales de la década de 1990 ayudó a organizar negociaciones de paz entre el gobierno de Colombia y el grupo guerrillero ELN en La Habana, que no llegaron a ningún lado. También participó entre bastidores en negociaciones para terminar la guerra civil en El Salvador y Nicaragua.

CIEN AÑOS

“Gabo”, como lo llamaban sus amigos y admiradores, nació el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, un tórrido pueblito del Caribe colombiano.

El mayor de los 11 hijos de un telegrafista, García Márquez estudió derecho pero abandonó la universidad para dedicarse a la literatura y el periodismo. A fines de la década de 1950 malvivió como corresponsal de un diario colombiano en París.

Su literatura bebió de las historias fantásticas que escuchó de boca de sus abuelos maternos, ella una matriarca con dotes de adivinadora y él un veterano de la Guerra de los Mil Días igual que el protagonista de “El Coronel no tiene quien le escriba”.

Para poder escribir “Cien años de soledad”, García Márquez tuvo que empeñar en 1965 su auto y pedir dinero prestado a los amigos. Cuando terminó, 18 meses después, ni siquiera tenía dinero para enviar el manuscrito a su editor en Buenos Aires.

La novela cuenta la historia de las siete generaciones de la familia Buendía durante la fundación, desarrollo y la decadencia de Macondo, un pueblito rodeado de plantaciones de banano igual que su Aracataca natal.

“Me siento nuevo después de leer este libro”, escribió el autor mexicano Carlos Fuentes. “He leído el Quijote americano”.

Pero aún después de vender 30 millones de ejemplares, García Márquez solía reírse de su fama.

“Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas”, dijo en una ocasión.

“Ese es mi caso”, dijo. “Me he negado a convertirme en un espectáculo. Detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias y la vida intelectual”.

AMIGO DE FIDEL

García Márquez fue amigo de escritores como Vargas Llosa, Alvaro Mutis, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Pablo Neruda y también del director español Luis Buñuel.

Pero ninguna amistad lo marcó tanto como la que cultivó durante medio siglo con Fidel Castro. Eran tan cercanos que, dicen, García Márquez mandaba los borradores de sus novelas a Castro para que los leyera antes de publicarlos.

Cuando ganó el Premio Nobel, el líder cubano le mandó 1.500 botellas de ron a Estocolmo. Hasta hace algunos años, Gabo tenía una casa en la Marina Hemingway del oeste de La Habana.

La amistad le costó críticas de colegas desencantados por censura a los intelectuales cubanos. El peruano Vargas Llosa, un compañero de la generación del boom que ganó también el Nobel de Literatura, llegó a describirlo como un “cortesano de Castro”.

“Soy amigo de Fidel y no soy enemigo de la revolución. Eso es todo”, dijo en una oportunidad García Márquez, según relata el libro “Gabo y Fidel”.

Su salud empezó a flaquear en 1999, cuando fue tratado de un cáncer linfático. En el 2012 sus familiares explicaron que tenía problemas de memoria y había dejado de escribir.

García Márquez fue hospitalizado a fines marzo por culpa de una infección pulmonar. Y cuando le dieron de alta la semana pasada, los médicos advirtieron de que su salud era delicada.

Casado desde hace cinco décadas y media con Mercedes Barcha, García Márquez tuvo dos hijos. El mayor, Rodrigo, dirigió varias películas de Hollywood como “Nine Lives” y “Albert Nobbs”.

En los últimos años el escritor regresaba de vez en cuando a Colombia, aunque para refugiarse en su residencia en la ciudad colonial de Cartagena de Indias.

Gabo apareció por última vez en público en la puerta de su casa de Ciudad de México el 6 de marzo, el día de su cumpleaños 87. No dijo ni una palabra, apenas regaló una sonrisa cansada a los periodistas que le cantaron las Mañanitas. En la solapa del traje llevaba una rosa amarilla.

Con reporte adicional de Anahí Rama en Ciudad de México y Juana Inés Casas en Santiago de Chile

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