15 de junio de 2010 / 16:43 / hace 7 años

REPORTE ESPECIAL-Derrames profundos, mucho crudo y pocos datos

Por Robert Campbell

NUEVO CAMPECHITO, México (Reuters) - Luego de una semana de la explosión del pozo petrolero mexicano Ixtoc en 1979, Misterveel Rodríguez y otros pescadores de la zona sacaban con sus redes enormes bolas de brea en lugar de huachinangos.

La explosión de Ixtoc ocasionó el peor derrame petrolero de la historia.

Más de 530 millones de litros de petróleo fueron derramados en las aguas del Golfo de México, que eventualmente llegó a las playas de Texas, a miles de kilómetros de distancia. Esa cantidad es unas tres veces mayor a la que se fugó hasta ahora por el desastre del Deepwater Horizon.

"Todos los pescadores pudieron ver la columna de llamas y humo", dijo a inicios de mes Rodríguez, de 59 años, en la sala de su modesta casa. "De repente las redes salieron sin pescado, sólo había los chaparrotes (bolas) de crudo", agregó.

Hasta antes de la explosión de la plataforma de perforación Deepwater Horizon de la empresa British Petroleum en el pozo Macondo en abril, Ixtoc era el único desastre petrolero en el mar que no había sido causado por un buque tanque o un sabotaje.

Aquella catástrofe dejó en claro qué podría salir mal en una perforación en aguas profundas. Después de todo, a la empresa petrolera estatal mexicana Pemex le tomó 297 días y la perforación de dos pozos de alivio, contener el derrame en Ixtoc, a 50 metros de profundidad.

Pero una revisión de cientos de páginas de documentos del Gobierno estadounidense sobre el derrame en Ixtoc, y entrevistas con varios expertos, demuestran que los reguladores minimizaron durante años la posibilidad de que ocurriera un incidente similar en Estados Unidos.

"Recuerdo a la gente diciendo 'esto nunca hubiera sucedido si la operadora fuera una empresa estadounidense'", dijo John Farrington, investigador retirado de la institución oceanográfica Woods Hole, que formó parte de un estudio financiado por Washington tras el derrame en México en septiembre de 1979.

"Había demasiado optimismo", agregó.

De hecho, una combinación de política, dinero y exceso de confianza alentó a la industria petrolera a perforar a mayores profundidades.

Las advertencias de los investigadores tras el episodio de Ixtoc, en torno al desconocimiento del comportamiento del crudo en un derrame en aguas profundas, o de que una fuga en esos lugares representaría un mayor desafío, cayeron en oídos sordos.

Macondo, escenario del derrame de BP, se ubica a 1,522 metros de profundidad, 30 veces mayor a la de Ixtoc, en las oscuras y heladas profundidades del Golfo.

La única forma de acercarse a la fuga es mediante robots especiales, que resisten la enorme presión capaz de destruir un submarino de guerra moderno.

BP comenzó a perforar pozos de alivio poco después de la explosión pero no espera terminarlos antes de agosto. Hasta entonces concentra sus esfuerzos en tratar de colectar el crudo que brota del pozo.

Hasta hoy, luego de más de tres décadas de accidente, trozos de brea dejados por Ixtoc pueden encontrarse en el lecho marino desde Texas hasta el estado de Tabasco, en el sureste de México.

Macondo podría llegar a competir con Ixtoc, pero no está claro cuál será su impacto futuro. Revisando los resultados legales y científicos dejados por los desastres previos, resulta evidente el corto lapso de atención que hay para estos episodios en los círculos políticos, financieros y legales.

EL CAMINO A MACONDO

La perforación petrolera marina enfrentó poca oposición organizada en Estados Unidos hasta 1969, año en el que una plataforma explotó en aguas federales a las afueras de Santa Barbara, California, derramando 11.3 millones de litros en el océano durante cuatro semanas.

Una década más tarde, Ixtoc explotó y el Congreso de Estados Unidos enfrentó presiones para tomar medidas. En 1982, Washington estableció una moratoria a las perforaciones en aguas federales, que fue renovada y expandida anualmente durante una década. Y en 1992 dejó fuera de los límites permitidos unas 187 millones de hectáreas de aguas federales.

De cualquier forma, las petroleras ya estaban entusiasmadas por ir a mayores profundidades, en aguas abiertas en las costas de Texas y Luisiana, una vez que todas las zonas de aguas superficiales habían sido exploradas.

Lo que las detuvo entonces fueron los elevados costos.

Pero la industria impulsó la aplicación de aranceles menores a la producción de gas y crudo, conocidas como regalías federales, para apoyar la perforación a mayores profundidades, y eventualmente encontró un aliado poco probable en el presidente Bill Clinton, que apoyó una iniciativa de recorte temporal a esas tarifas.

El resultado fue una reducción de las regalías en 1996, que detonó una fiebre de exploración en nuevas áreas del Golfo de México, que habían sido consideradas como inviables económicamente.

Ese mismo año, el Gobierno de Clinton señaló que las preocupaciones ambientales por la perforación petrolera en aguas profundas eran minimizadas por el lado positivo: un florecimiento en los servicios petroleros y una potencial reducción de la importación de crudo.

En 1996, un estudio del Servicio de Administración de Minerales (MMS, por sus siglas en inglés), dependencia del Departamento del Interior que regulaba el desarrollo fuera de costas, señaló que: "cualquier riesgo ambiental (...) es ampliamente compensado por la reducción de riesgos en el tráfico de buques tanque foráneos".

"Los derrames representarían un impacto localizado y de bajo nivel para las aguas costeras", añadió.

Desde entonces, el MMS argumentó constantemente que la perforación marina había disminuído el riesgo de derrames, en una época en la que se esperaba que los desastres se dieran en los buques petroleros.

Entre 1996 y 2009, las importaciones de crudo en Estados Unidos subieron un 20 por ciento, mientras que la producción local disminuyó un 18 por ciento.

Bajo la administración Clinton, el MMS trabajó de cerca a la industria petrolera. En agosto de 1997, la agencia anunció una relajación en los requerimientos de pruebas para equipos de prevención de fugas.

Con el ajuste en las reglas, que se dio "a solicitud de la industria", como lo manifestó la MMS, los equipos de prevención de fugas deberían ser probados cada 14 días en lugar de cada 7 días, lo que ahorraría a las petroleras hasta unos 46 millones de dólares anuales, al permitirles acelerar los tiempos de perforación.

En 1997, en el comunicado de prensa con el que el MMS anunció el cambio, dijo que no existía diferencia estadística en las tasas de falla de los equipos de prevención de fugas con el ajuste.

Pero al mismo tiempo, la industria y el Gobierno estaban preocupados acerca de cómo controlar la fuga de un pozo en aguas profundas. En abril del 1998, la revista especializada Offshore Magazine resaltó un déficit de plataformas de perforación y la falta de investigación de opciones para controlar un pozo en caso de que se produzca una filtración.

"Una preocupación en especial es la habilidad de detener un derrame (submarino) en aguas profundas", escribió el MMS en un reporte en el 2000, sobre impacto ambiental de las perforaciones en el Golfo de México.

"Se requiere de una mayor investigación antes de poder evaluar plenamente las consecuencias de una explosión en aguas profundas", agregó.

Pero el mismo documento señaló que una explosión en aguas profundas que derramara una gran cantidad de petróleo era "altamente improbable", y señaló como "muy baja (...) la probabilidad de que un derrame relacionado con aguas profundas toque aguas costeras".

Las autoridades consideraron que los estudios de impacto sobre el medioambiente realizados regularmente por el MMS eran suficientes y que hacían falta revisiones adicionales.

La suposición de la MMS de que las perforaciones en aguas profundas representaban poco riesgo de explosiones catastróficas se basaban en su confianza en estadísticas operativas para calcular riesgos de derrames.

Hasta el desastre en Macondo, las operaciones marítimas en el Golfo de México prácticamente no habían registrado incidentes.

Hasta el 2000, el MMS contabilizó sólo 7 explosiones por cada 1,000 perforaciones iniciales en el Golfo, de las cuales sólo el 23 por ciento terminaron con crudo derramado.

Ninguna de esas explosiones causó accidentes de importancia.

DERRAME PROFUNDO

Hacia finales de la década de 1990 la actividad en aguas profundas del Golfo de México iba en aumento. La producción de campos por debajo de los 300 metros -establecida en la definición de la MMS de "aguas profundas"- era 17 veces mayor en 1999 que a inicio de la década.

Para entonces, los avances tecnológicos hacían posible la perforación de pozos a profundidades que eran "insospechadas" cinco años antes, reportó la MMS.

En el 2000, los operadores encabezados por algunas de las mayores petroleras del mundo estaban perforando a profundidades de 2,300 metros o más, catalogados por la MMS como "aguas ultra profundas"

El ritmo acelerado inquietó a algunos científicos y a la comunidad protectora del medioambiente, que resaltaban lo poco que se sabía del comportamiento del crudo derramado a grandes profundidades, como para asegurar que un accidente no causaría una catástrofe ambiental.

Una consecuencia no planeada de las moratorias de la década de 1980 fueron los recortes a la investigación de derrames petroleros, que perdió espacio en la lista de prioridades, recordó Farrington de la Woods Hole.

Inclusive después del aumento de presupuesto tras el derrame del Exxon Valdez, la mayor parte de los recursos se destinaron a investigar técnicas para enfrentar derrames en la superficie.

"Las autoridades reguladoras realmente soltaron la pelota cuando aceptaron los alegatos de la industria, que aseguraba tener tanta experiencia en perforaciones de aguas profundas, que no era necesario preocuparse por explosiones", dijo Jeff Short, ex asesor en derrames del Gobierno estadounidense y ahora trabaja para el grupo ambientalista Oceana.

No fue sino hasta el 2000 que investigadores realizaron el primer derrame de crudo provocado en aguas profundas, para investigar el comportamiento del petróleo a grandes profundidades.

El proyecto Deep Spill, que tuvo lugar en aguas de las costas de Noruega, fue un esfuerzo financiado por el MMS y 23 empresas petroleras.

El estudio concluyó que el petróleo se comportaba muchas veces como lo esperaban los modelos teóricos, pero resaltó que el gas natural en el crudo mostró una evolución inesperada, y especuló que el petróleo en pequeñas gotas podría no emerger jamás a la superficie.

El crudo que brota de Macondo está más caliente que el punto de ebullición del agua, y está mezclado con gas natural que ha estado bajo altas presiones.

Inclusive hoy en día, poco se conoce del comportamiento del crudo liberado en las profundidades marinas, dijeron Short y otros especialistas.

Algunos científicos ahora piensan que el petróleo podría quedar atrapado debajo de la superficie en largas columnas submarinas, pero reconocen que carecen del equipo necesario para medir y dar seguimiento al fenómeno.

De existir, nadie sabe cuánto tiempo durarían estas columnas debajo del agua.

Muchos más han teorizado que parte del petróleo de Macondo no está subiendo a la superficie del Golfo por la interacción del crudo caliente, el agua helada y la aplastante profundidad.

Samantha Joye, especialista de la Universidad de Georgia, sugirió en una presentación ante el Congreso a inicios de mes que las presuntas columnas podrían inclusive detonar la creación de más "zonas muertas" -áreas carentes de oxígeno- en el Golfo, al tiempo que los microbios que comen petróleo se multiplican y usan el oxígeno alrededor de las columnas.

A pesar de las preocupaciones, el MMS siguió minimizando los riesgos de una explosión en aguas profundas tras la llegada del presidente George W. Bush en el 2001.

DURO DE MATAR

El limitado entendimiento del comportamiento del crudo en aguas profundas limitó los esfuerzos para estudiar medidas de contención para una fuga a esas profundidades.

Un reporte comisionado por el MMS en 1999 arrojó que el desarrollo de sistemas de contención submarinos eran prohibitivamente caros, lo que era verdad dada la baja probabilidad de un accidente.

Por lo mismo, el reporte también argumentaba que no tenía sentido especular en torno al comportamiento de crudo derramado en el lecho marino a grandes profundidades.

Otra área de preocupación para los investigadores, señaló ese reporte, era el desafío de lidiar con la enorme presión relacionada con las perforaciones en aguas ultra profundas. Específicamente, cuestionaba si la carrera por llegar a mayores profundidades podría ser riesgosa.

Una tesis doctoral que fue incorporada más tarde a un estudio del MMS resaltó la sorprendente falta de investigación en formas de contener una fuga en aguas profundas desde finales de 1990.

"La tendencia y la historia de la frecuencia de las explosiones demuestra que la perforación ultra profunda está claramente en riesgo, y una explosión en perforaciones ultra profundas será muy difícil de evitar en el futuro", escribió Ray Oskarsen en su disertación.

El trabajo de Oskarsen también sugirió que serían necesarios múltiples pozos de alivio para superar la presión asociada con perforaciones ultra profundas, que prolongarían el tiempo que tomaría controlar una fuga mayor.

Ninguna de estas dos advertencias fueron tomadas en cuenta por el MMS para su estudio de impacto ambiental del plan de perforación 2007-12, el mismo que permitió que se otorgara a BP el arrendamiento de Macondo.

Una vez más, la agencia se basó en estadísticas para suponer que cualquier derrame submarino sería relativamente pequeño y fácil de contener.

EL PEOR ESCENARIO

La explosión en Macondo seguramente tendrá un impacto importante en el desarrollo de la explotación petrolera en aguas profundas en Estados Unidos. El secretario del Interior, Ken Salazar, han prometido "cambios mayores" a las regulaciones y reorganizar al MMS para elevar su atención en la seguridad.

El Gobierno impuso un veto temporal a las perforaciones en aguas profundas y emitió nuevas reglas, endureciendo las especificaciones y requerimientos de pruebas para los sistemas de prevención de fugas.

El accidente además ha generado dudas considerables sobre la capacidad de los planes de respuesta a derrames petroleros. Los operadores en el Golfo están obligados a presentar un plan que demuestre que pueden lidiar con un derrame.

En el caso de BP, el peor de los escenarios esperado era de 250,000 barriles diarios en un derrame con 30 días de duración.

El plan establecía que la empresa y sus contratistas estaban en condiciones de recuperar casi 500,000 barriles por día.

La realidad ha demostrado que el plan, que fue aprobado por el MMS en el 2009 tras la llegada del presidente Barack Obama, quedó corto en su nivel de recuperación, con el crudo llegando a las playas desde Luisiana hasta Florida, pese a que el derrame es cinco veces menor al peor previsto por BP.

La compañía ha intentado una serie de soluciones improvisadas, que han arrojado diferentes niveles de efectividad, no obstante la fuga continúa y es poco probable que sea contenida antes de agosto, cuando se termine la perforación de los pozos de alivio.

De vuelta en los empobrecidos pueblos pesqueros en las costas de Tabasco en México, los habitantes, acostumbrados a los periódicos derrames por los accidentes de la industria petrolera local, se muestran preocupados por la posibilidad de que el crudo de Macondo los alcance.

"Seguimos pescando porque nosotros no tenemos otra opción", dijo Rodríguez con resignación.

Traducido por Armando Tovar, editado en español por Damián Wroclavsky

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