17 de diciembre de 2010 / 19:36 / hace 7 años

COLUMNA-Secretos de EEUU y reglas bizarras: Bernd Debusmann

Por Bernd Debusmann

WASHINGTON (Reuters) - ¿Un secreto deja de serlo cuando millones de personas lo conocen? Sí, dice el sentido común. No, dice el Gobierno estadounidense, cuya reacción luego de que WikiLeaks filtrara cables diplomáticos clasificados refleja una burocracia que vive en un mundo propio sin lógica.

Los escritores que estén pensando en producir novelas en el siglo XXI emulando las obras de Franz Kafka deberían seguir de cerca los problemas de Washington a la hora de lidiar con qué tipo de información debe ser compartida, por quién y cuándo.

Cualquiera que tenga una computadora y conexión a internet puede ver los cerca de 1.500 cables secretos divulgados hasta ahora por la organización WikiLeaks, que tiene más de 250.000 mensajes intercambiados entre el Departamento de Estado estadounidense y embajadas del país en todo el mundo.

Cinco medios, entre ellos el New York Times, han publicado reportes detallados de los cables. Pero el hecho de que la información sea de dominio público no implica que el Gobierno deje de considerarla secreta.

Por eso, en la primera semana de las revelaciones, los empleados del Gobierno recibieron la orden de que la "divulgación no autorizada de los documentos clasificados (ya sea impresos, en un blog o en páginas web) no altera (...) su estatus ni resulta automáticamente en la desclasificación de los documentos".

"Por el contrario, la información clasificada, más allá de que haya sido subida a páginas web públicas o divulgada por los medios, sigue siendo secreta, hasta que sea desclasificada por una autoridad competente del Gobierno estadounidense", dice el aviso.

Existe una autoridad específica encargada de la desclasificación de documentos, de acuerdo a una orden ejecutiva firmada por el presidente Barack Obama hace un año.

Se llama Centro Nacional de Desclasificación y está lidiando con más de 400 millones (sí, 400 millones) de documentos secretos. La información, de 25 años de antigüedad o más, está guardada en cajas de cartón que tienen 2.500 páginas cada una en depósitos del tamaño de varias canchas de fútbol en los Archivos Nacionales en College Park, en Maryland.

La decisión de que los documentos publicados siguen siendo secretos ha provocado angustia entre los empleados federales, incluyendo los más de 200.000 que trabajan bajo el paraguas del Departamento de Seguridad Interior.

Uno de los empleados expresó su irritación en un correo electrónico enviado a Steven Aftergood, un veterano activista que lucha contra la confidencialidad y escribe un boletín semanal, Secrecy News, para la Federación de Científicos Estadounidenses.

En el correo, el empleado del departamento, cuyo trabajo involucra tratar con destacados funcionarios extranjeros, destacó que "si se descubre que hemos accedido a un cable filtrado por WikiLeaks en nuestras computadoras personales, es una violación de la seguridad. Así, mi abuela tiene permiso para acceder a los cables, pero yo no. Parece ridículo".

ACCESO DENEGADO

Para no ser superada por Seguridad Interior, la Fuerza Aérea estadounidense fue un paso más allá esta semana y bloqueó a sus empleados el uso de computadoras en el trabajo para ver las páginas web del New York Times y otros medios que publicaron los cables obtenidos por WikiLeaks.

Aquellos que lo intentaron vieron un mensaje en la pantalla que decía: "Acceso denegado: el uso de internet está registrado y monitoreado". El aviso se parece a los esfuerzos del Gobierno chino por bloquear el material que considera inapropiado para sus ciudadanos.

Aparte de negar el acceso a información que casi todo el resto del mundo puede ver, se emitieron advertencias a los estudiantes de varias universidades para que se abstengan de comentar sobre WikiLeaks y sus cables en redes sociales como Facebook o Twitter.

De lo contrario, pondrían en riesgo las probabilidades de conseguir un empleo en el Gobierno en el futuro, decían los mensajes de los servicios de carrera de las oficinas universitarias.

¿Autocensura en el país que se enorgullece de su compromiso con la libertad de expresión y la apertura, o consejo prudente en un clima de obsesión con los secretos post 11 de septiembre?

Una de las víctimas de WikiLeaks y la feroz reacción del Gobierno seguramente será el esfuerzo lanzado por Obama el año pasado para contener la escalada de la confidencialidad.

La orden ejecutiva que creó el Centro Nacional de Desclasificación también dispuso en 13.000 palabras y con gran detalle, las guías sobre la información secreta.

Una de las nuevas características fue que los documentos clasificados ahora deben incluir el nombre de la persona que los clasificó. La intención fue evitar excesos como agregar etiquetas que digan "secreto", por ejemplo, a resúmenes de reportes de la prensa extranjera.

El párrafo inicial de la orden, fechada el 29 de diciembre del 2009, dice: "Nuestros principios democráticos exigen que el público estadounidense esté informado acerca de las actividades de su Gobierno. Además, el progreso de nuestra Nación depende del libre tránsito de información tanto dentro del Gobierno como hacia el público".

¿Cómo se ajusta eso con los actuales intentos por evitar que muchos estadounidenses vean información que está disponible para gran parte del mundo?

Editado en español por Marion Giraldo

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