8 de marzo de 2011 / 15:09 / hace 6 años

Regeneran con éxito las uretras de cinco niños en el laboratorio

Por Julie Steenhuysen

CHICAGO (Reuters) - Científicos estadounidenses usaron las células de cinco niños para crear uretras en el laboratorio y las utilizaron con éxito para reemplazar sus tejidos dañados, mostrando el potencial de las terapias celulares.

Las pruebas de flujo de orina y de diámetro del conducto han mostrado que las uretras regeneradas siguen funcionando seis años después, dijo el doctor Anthony Atala, director del Instituto de Medicina Regenerativa del Centro Médico Baptista de la Universidad Wake Forest, en Carolina del Norte.

El estudio, publicado el lunes en la revista The Lancet, es el primero en el campo cada vez más amplio de la medicina regenerativa, que los médicos esperan acabe llevando a modos de curar heridas y, eventualmente, a sustituir órganos completos.

"Creadas completamente en el laboratorio, estas uretras -tubos vivientes que llevan la orina desde la vejiga- ponen de manifiesto el poder de las terapias basadas en células", dijo en un comunicado por correo electrónico Chris Mason, experto en medicina regenerativa de la University College London, que no participó en el estudio.

"Cuando un órgano o tejido resulta dañado o destruido traumáticamente de forma irreparable, no hay ninguna medicina o aparato mecánico que devuelva al paciente a la normalidad", pero las terapias celulares ofrecen una cura potencial.

Las uretras defectuosas pueden ser consecuencia de una lesión, una enfermedad o un defecto congénito. Aunque los defectos menores pueden solucionarse, los de mayor alcance son tratados con un injerto de tejido, tomado normalmente de la piel o de la mucosa oral.

Pero estos injertos fallan en la mitad de los casos, lo que suele causar infecciones, dolor, sangrado y problemas al orinar.

DESAFIO TUBULAR

Hasta ahora, el equipo de Atala había sido el primero en crear órganos huecos para utilizarlos como vejigas de repuesto que implantaron en nueve niños en 1998. Estas uretras suponían un reto parecido, puesto que eran una estructura tubular. En ambos casos, la técnica es similar.

"Básicamente, el paciente se presenta ante nosotros con un órgano enfermo o dañado", dijo Atala en una entrevista telefónica. "Tomamos una parte muy pequeña del tejido, del tamaño de la mitad de un sello de correos", agregó.

A eso le añaden varios factores de crecimiento que alimentan las células y las impulsa a expandirse.

El equipo hizo dos tipos de células: musculares para la capa externa del tubo y endoteliales -células que recubren el interior de los vasos sanguíneos y otras estructuras tubulares- para la capa interna.

Cuando dispusieron de células suficientes, las aplicaron sobre un material biodegradable que da a las células la estructura adecuada. Luego calentaron el órgano en una incubadora y las células comenzaron a formar láminas. "Básicamente cocinamos el órgano", agregó.

El equipo implantó segmentos de estas uretras en cinco niños de entre 10 y 14 años que tenían las uretras dañadas.

Una vez implantadas, las láminas de células empezaron a formar tejido nuevo y, tras unas cuatro semanas, se pudo quitar el catéter a los niños, que ya pudieron orinar con las uretras nuevas.

Las biopsias mostraron que a los tres meses, las uretras regeneradas tenían ya capas normales de músculo epitelial y normal.

El equipo de Atala ha hecho un seguimiento de los niños durante unos seis años. "Siguen estando bien, lo cual es una satisfacción". El médico dijo que harán falta estudios más amplios antes de que se pueda utilizar el tratamiento de forma generalizada.

Mason dijo que utilizar células como "medicinas" supone un gran cambio en el modo en el que los médicos tratan a los pacientes.

"Las terapias celulares complementan las medicinas y los aparatos al intentar curar las necesidades médicas de nuestra generación, no satisfechas en su mayor parte, como la ceguera, la diabetes, los fallos cardíacos y la enfermedad de Parkinson", agregó.

Traducido por Teresa Larraz en la Redacción de Madrid; Editado por Lucila Sigal

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