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REPORTE ESPECIAL-Un ganadero brasileño trata de hacer lo correcto por el Amazonas y no lo consigue

TAILANDIA, Brasil, 28 ago (Reuters) - Mauro Lucio Costa quiso hacer lo correcto por la selva tropical más grande del mundo.

Mauro Lucio Costa monta a caballo en el estado de Pará, Brasil, 17 de marzo del 2020 REUTERS/Pilar Olivares

Durante décadas, el ganadero de tercera generación del norte de Brasil observó con culpa cómo su actividad, que alimenta el creciente apetito mundial por la carne de vacuno, arrasaba cada vez con más selva. Así que gradualmente experimentó con pastos y técnicas de pastoreo que hoy en día hacen de su rancho uno de los más eficientes de Brasil. Costa se convirtió en un modelo para aquellos que creen que el vacuno puede ser criado de manera rentable y sostenible, incluso en el Amazonas.

El rancho de Costa es lo que se conoce como una “granja de acabado”, porque es la última parada que hace el ganado en una cadena que comienza con los criadores y a menudo incluye estancias de progresión en otras propiedades, antes de que los animales crezcan y estén listos para el sacrificio.

Ansioso por hacer más -y empujar a otros en la industria hacia la sostenibilidad-, Costa decidió en 2017 comprar ganado sólo a criadores que podían demostrar que no estaban explotando tierras deforestas ilegalmente. Pidió a un consultor que comprobara las granjas de los proveedores para ver si habían sido deforestadas usando mapas satelitales y una lista gubernamental de propiedades embargadas.

Sin embargo, después de sólo un año, su esfuerzo fracasó.

Costa se dio cuenta de que casi la mitad de su ganado provenía de proveedores que tenían violaciones ambientales o cuyos títulos de propiedad y otros documentos eran tan cuestionables que no podía estar seguro. De llevar a cabo su plan, dijo, no habría podido mantener su rebaño poblado y producir suficiente carne para obtener ganancias.

“No puedo sabotear mi negocio por algo que nadie más hace”, dijo Costa a Reuters, rodeado de pastos enmarcados por la selva tropical. Un sombrero de ala ancha de vaquero, un recuerdo de sus viajes a Texas, le protegía la cara del sol tropical. La hebilla de su cinturón en relieve, también tejano, brillaba con su nombre y el de su rancho, Marupiara, un término indígena que significa “lugar de caza feliz”.

La confesión, de un ranchero tan “verde” que el año pasado se dirigió a los asistentes a una reunión de las Naciones Unidas sobre el clima, ilustra los obstáculos para el desarrollo responsable en la selva amazónica.

El esfuerzo de Costa se vio complicado por problemas que durante mucho tiempo han obstaculizado el orden en la vasta e ingobernable región: desde los laxos registros catastrales hasta la débil aplicación de la ley y el opaco funcionamiento del negocio de la carne de vacuno de Brasil, en el que el ganado, con poco o ningún seguimiento por parte del gobierno o la industria, se cría y engorda en una sucesión de ranchos.

Es casi imposible para los ganaderos como Costa saber con certeza de dónde provienen sus animales.

En el caso de muchos otros grandes productores, como Estados Unidos, el ganado se mueve menos: vive más tiempo en cabañas individuales y subsiste más con granos y alimentos preparados. Pero el ganado del Brasil sigue alimentándose principalmente de pasto, utilizando más pradera y llevando a los ranchos a especializarse en etapas particulares del crecimiento de los animales.

Si bien la legislación brasileña en teoría tipifica como delito la cría de ganado vacuno en bosques talados ilegalmente, existen pocos mecanismos que ayuden a los compradores a identificar el origen de los animales. El ganado, al igual que el dinero, suele lavarse, pasándolo de los prados que violan las leyes ambientales a la cadena de suministro legal y a los supermercados y mesas de todo el mundo.

“Hay un enorme agujero en el sistema”, dijo Paulo Barreto, uno de los principales investigadores de Brasil sobre el uso de la tierra en la Amazonia. “Ningún procesador de carne puede decir que su ganado está libre de deforestación”.

El Amazonas, una selva más grande que Europa Occidental, es un baluarte natural contra el cambio climático. Es una fuente importante de oxígeno y agua dulce del mundo, su vegetación es un filtro gigante para los gases de efecto invernadero.

A pesar de que más del 80% del Amazonas original sigue en pie, la deforestación se ha acelerado en los últimos años en la medida que los madereros, los cultivadores de soja y los ganaderos, espoleados por una voraz demanda mundial, talan y queman más la selva.

Además de las fuerzas del mercado que alimentan la devastación, el presidente Jair Bolsonaro, un populista de extrema derecha, ha revertido políticas que impedían la deforestación y ha recortado los presupuestos de organismos que durante décadas lucharon contra la tala no autorizada.

Envalentonados por los cambios, los brasileños el año pasado talaron y quemaron una selva tropical equivalente en tamaño al Líbano, el mayor desmonte en más de una década. Este año, los datos sugieren que la deforestación y los incendios en el Amazonas continúan a un ritmo acelerado. La indignación internacional está aumentando.

VF Corp, la compañía estadounidense propietaria de marcas de ropa como Vans, Timberland y The North Face, dijo el año pasado que dejaría de comprar cuero brasileño. En mayo, los supermercados británicos amenazaron con boicotear los productos brasileños. En junio, un grupo de importantes inversores europeos dijo que estaba considerando la posibilidad de deshacerse de sus participaciones brasileñas, incluidos los bonos del gobierno, si Bolsonaro no cambiaba de rumbo.

El presidente no ha prestado mucha atención.

Ricardo Salles, el ministro de Medio Ambiente de Bolsonaro, sugirió en abril que Brasil debía aprovechar la distracción del mundo con el coronavirus para acelerar la desrregulación de las leyes forestales. “Tenemos que hacer un esfuerzo”, dijo en un video de una reunión de gabinete, “para impulsar todo, cambiar todo, simplificar las normas”.

El año pasado, después de una conferencia sobre el clima en Madrid, tuiteó una foto de un gran bistec poco hecho, bromeando que estaba compensando las emisiones de carbono de la reunión con “un almuerzo vegetariano”. Cuando los legisladores, los activistas medioambientales y los medios de comunicación brasileños cuestionaron sus comentarios en la reunión de gabinete, Salles dijo en una declaración que siempre había apoyado la desrregulación “con buen sentido” y “dentro de la ley”.

El ministerio rechazó un pedido de Reuters para hacer más comentarios.

Antes confinados en gran parte a los pastos ondulados del sur templado de Brasil, los ganaderos han usado los avances genéticos para criar ganado que soporta mejor el calor ecuatorial.

En los últimos decenios, los ganaderos se desplazaron a los trópicos, criando la mayor cabaña de ganado vacuno del mundo, que ahora cuenta con unos 215 millones de animales. También se convirtieron en los principales comerciantes, controlando alrededor del 20% del mercado mundial de exportación y vendiendo casi 2 millones de toneladas de carne al año a países tan lejanos como China, Rusia y Egipto.

Un puñado de multinacionales brasileñas, incluyendo JBS SA, Minerva SA y Marfrig Global Foods SA es el origen de la mayoría de esas exportaciones. Pero estos empacadores de carne, que abastecen a los grandes minoristas, obtienen el producto de una gran y dispar gama de proveedores, desde pequeñas granjas familiares hasta rancheros más sofisticados como Costa.

La industria brasileña es reconocida mundialmente por sus estrictas políticas sanitarias y por la alta calidad de su carne, pero ha tenido dificultades para cumplir las leyes forestales de su país.

En 2009, los fiscales brasileños amenazaron con identificar y enjuiciar a las empresas que compraban carne de vacuno procedente de pastos ilegales. Las grandes empacadoras de carne, en respuesta, comenzaron a utilizar imágenes y datos de satélite para rastrear mejor a los proveedores.

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La deforestación se redujo.

Pero los datos sólo mostraban la tierra cultivada por el vendedor inmediato, no los pastos donde el ganado se criaba antes. Debido a que no hay un sistema unificado para rastrear las transferencias de ganado entre los ranchos, ir más allá ha resultado imposible.

JBS, Minerva y Marfrig, empresas que cotizan en bolsa y que operan en docenas de países, dijeron a Reuters que reconocen el problema con los llamados “proveedores indirectos” y que la industria y los reguladores deben trabajar juntos para resolverlo.

Justo antes de la elección de Bolsonaro en 2018, el gobierno de Brasil redactó un acuerdo voluntario con los principales empacadores de carne y minoristas para desarrollar un mecanismo de supervisión más estricto. El plan, que no había sido comunicado anteriormente y que ha sido revisado recientemente por Reuters, habría utilizado un sistema existente de permisos de transporte de ganado para rastrear el movimiento del ganado.

“El Ministerio de Medio Ambiente se compromete a desarrollar un sistema informatizado para verificar el origen del ganado y la preservación de la vegetación autóctona”, decía el borrador.

Pero el Ministerio de Medio Ambiente archivó el proyecto después de que Bolsonaro ganó, según tres personas familiarizadas con la decisión. “Podría haber marcado realmente la diferencia”, dijo Juliana Simões, una exfuncionaria del ministerio que encabezó el trabajo.

El ministerio se negó a responder a las preguntas de Reuters sobre el acuerdo abortado, diciendo sólo que “apoya el concepto de trazabilidad en la agricultura”.

“TIERRA SIN HOMBRES”

Durante la mayor parte de su historia, el Amazonas fue considerado un “infierno verde”, denso e inhóspito para casi todos, excepto para los pueblos indígenas que ya vivían allí. Salvo por asentamientos aislados a lo largo de los muchos ríos de la región, los colonos y los primeros gobiernos de Brasil buscaron algo de desarrollo.

En la década de 1970, la dictadura militar de Brasil decidió construir carreteras y promover la migración, a través de préstamos baratos para comprar tierra. “Tierra sin hombres para hombres sin tierra”, era el mensaje del gobierno.

Costa, ahora con 55 años, llegó por primera vez cuando su padre, un ranchero como el abuelo de Costa, tomó un préstamo del gobierno para una parcela en el estado amazónico de Pará. Al principio, la familia siguió viviendo en el sur de Brasil, viajando de vez en cuando a Pará, donde un joven Costa vio a su padre despejar la jungla con jornaleros y motosierras.

A los 17 años, Costa se trasladó a Pará para siempre, trabajando durante un tiempo en el rancho de su padre y más tarde tomando trabajos en otros ranchos y en un matadero cercano. Paragominas, el pueblo de aserraderos cercano, era tan violento que llegó a conocerse como “Paragobala”. La granja no tenía electricidad, los caminos y el bosque circundantes eran peligrosos.

“Lloré casi todos los días”, recuerda.

Muy pronto, conoció a la hija de otro ranchero. Se enamoraron, se casaron y formaron una familia.

Millones de brasileños más emigraron al Amazonas. Los “ilegales” y los ” invasores” se apoderaron de tierras sin títulos, falsificando escrituras y otros permisos que todavía hacen de la región una enjambre de conflictos por la tierra y de incertidumbre jurídica. A finales de la década de 1980, la deforestación del Amazonas se había convertido en un asunto primordial para el movimiento ambientalista.

Por todas partes, Costa vio residuos.

Después de que los madereros talaron madera valiosa, los rancheros los siguieron, plantaron pasto y criaron ganado. Sin la flora nativa, el suelo que una vez fue rico se seca rápidamente y pierde nutrientes. Así que los rancheros siguen adelante.

“La gente simplemente corta más árboles”, dijo Costa, manejando por pastizales abandonados cerca de Paragominas. Adentrándose más en el bosque, se acercó a un gran camión, sin matrícula, apilado en lo alto con madera dura recién cortada. “Todo es ilegal”, dijo.

En la actualidad, alrededor del 70% de las tierras deforestadas en el Amazonas se usan para el ganado, según estimaciones de Daniel Nepstad, un veterano ecologista de la región. Los nueve estados que forman la Amazonia brasileña representan el 40% de la cabaña del país. Pará, un estado más grande que Texas y California juntos, representa por sí solo alrededor del 10% del ganado de Brasil.

El celo de Costa por la conservación no vino de un amor por la naturaleza, sino de los números. Tiene una gran calculadora Casio en la oficina de su rancho y acompaña su conversación con pulsos a sus teclas.

En 1997, se puso en marcha por su cuenta, decidido a encontrar métodos para evitar el despilfarro de la ganadería de tala y quema. Por unos 190.000 dólares, él y un socio compraron la tierra que actualmente ocupa, cerca de la ciudad de Pará en Tailandia. Un propietario anterior había limpiado alrededor del 7% del total de la parcela de unas 4.300 hectáreas, pero estaba ociosa.

Costa plantó nuevos pastos, los fertilizó y rotó el ganado según un programa de pastoreo para optimizar los tiempos de alimentación y el crecimiento del prado. “Incluso unas pocas horas pueden marcar la diferencia”, dijo.

Actualmente, cultiva unas 500 hectáreas, aproximadamente el tamaño de 700 campos de fútbol profesionales. Debido a una perversa ironía de los bienes raíces del Amazonas, Costa pierde dinero al no despejar el 80% restante de sus tierras.

A pesar de la riqueza ecológica que representa el bosque, la tierra despejada vende varias veces lo que la selva virgen ofrece. La dinámica desalienta la conservación, incentivando la destrucción incluso si los campos no son cultivados.

“Incluso mi suegro pensó que debería cortar más árboles”, dijo Costa. “El bosque no crea valor”.

Cuando el izquierdista Luiz Inacio Lula da Silva se convirtió en presidente en 2003, trató de hacer frente a la deforestación. Su gobierno creó reservas naturales, hizo un mejor seguimiento de la tala y de los incendios forestales, y, finalmente, bloqueó la financiación de los agricultores y ganaderos sorprendidos trabajando en tierras desmontadas ilegalmente. Para cuando Lula terminó su segundo mandato, la tasa anual de deforestación se había desplomado casi un 75%.

Costa, mientras tanto, mejoró aún más sus prácticas de pastoreo. Tomó muestras de suelo, analizó la química de la tierra y aumentó el número de ganado que podía pastar en cada hectárea. También recibió amenazas, dijo, de gente que despreciaba su decisión de dejar tanto bosque intacto.

“Sufrí mucha intimidación”, dijo. “Si no lo usas, alguien más lo hará”, advirtieron llamadas anónimas, una amenaza que no es fácil de descartar en una región plagada de ocupantes ilegales y disputas mortales por la tierra.

Aún así, sus métodos dieron sus frutos.

Costa ahora tiene casi cuatro veces más cabezas de ganado por hectárea que el promedio en Brasil, según las estadísticas del gobierno. Según esta medida, si otros ganaderos del Amazonas fueran tan eficientes, un área del tamaño de Francia podría ser reforestada en las tierras que hoy en día son pastoreadas por el ganado.

En busca de los secretos de su éxito, como los siete diferentes tipos de pasto que ahora cultiva, sus compañeros rancheros visitan a Costa a menudo, deseosos de echar un vistazo al ordenado libro negro que lleva. “Es el mejor que hay”, dijo Jordan Timo, un compañero ranchero y el consultor al que Costa pidió para que le ayudara a rastrear a los proveedores.

“PREDICANDO EN EL DESIERTO”

Los avances de Brasil contra la deforestación a principios de este siglo fueron efímeros.

El auge mundial de los productos básicos de hace una década impulsó una mayor demanda de carne de vacuno y de soja. La expresidenta Dilma Rousseff, sucesora de Lula, trató de aprovechar la bonanza de los productos básicos para reactivar grandes proyectos de infraestructura en la región. Relajó las normas sobre reservas naturales y emprendió importantes proyectos hidroeléctricos en los afluentes del Amazonas.

Para 2015, el auge se esfumó, agotando los ingresos del gobierno. Rousseff y su sucesor, Michel Temer, cortaron la financiación y le quitaron poderes al Ibama, la agencia medioambiental de Brasil. Las autoridades estatales y municipales, presionadas por sus propios déficits presupuestarios, lucharon por financiar la aplicación de la ley, vital para controlar la destrucción local.

La deforestación resurgió.

Tras el éxito inicial en el rastreo de la oferta, el acuerdo de 2009 con los frigoríficos para vigilar mejor los ranchos dio lugar a menos avances de los esperados. JBS, Minerva y Marfrig dicen que continúan monitorizando la tierra de sus proveedores inmediatos, pero siguen siendo incapaces de rastrear de dónde estos consiguen los animales. Las empacadoras de carne más pequeñas nunca firmaron el acuerdo.

Los fiscales ambientales dicen que cualquier otra medida represiva, como rastrear la carne de vacuno de toda la industria, en esencia detendría el negocio en Brasil. “Se destruiría la industria de la carne”, dijo Ricardo Negrini, fiscal federal de Belem, capital de Pará. “Hay que hacerlo gradualmente”.

Holly Gibbs, una geógrafa de la Universidad de Wisconsin que ha investigado el uso de la tierra por la industria de la carne de Brasil, dijo que sólo alrededor del 3% del ganado en Pará y los estados cercanos pasa su vida en una sola granja.

Los ganaderos tienen todo tipo de trucos para eludir los controles, como dividir sus extensiones en títulos separados, permitiéndoles pastorear el ganado en pastos ilegalmente despejados pero luego vender esos animales de tierras aparentemente legales.

La industria es tan opaca que incluso los ganaderos sancionados por la deforestación venden su cabaña fácilmente. Moisés Berta, que cría cerca de la ciudad fronteriza de Novo Progresso, fue multado por el Ibama en 2016 por la tala ilegal de tierras. Admite que despejó el terreno, pero dijo que no tenía otra opción para ganarse la vida.

La multa significa que su granja aparece en las listas de los principales empacadores de carne para bloquear a los vendedores. Berta dijo que no tiene problemas, sin embargo, para llevar su producto al mercado a través de intermediarios o pequeños mataderos. En el lado negativo, dijo, estos compradores pagan alrededor de un 20% menos que las grandes empresas. “Es una situación difícil”, dijo a Reuters el hombre de 61 años.

Hay más de 37.000 parcelas en los estados del Amazonas que han sido sancionadas por el Ibama por delitos ambientales. Las multas están destinadas a poner en una lista negra las áreas de uso comercial hasta que los propietarios vuelvan a reforestar. En la práctica, hacen poco más que obligar a los ganaderos como Berta a pasar a la clandestinidad.

Para el metódico Costa, la preponderancia de la ganadería ilegal frustró su esfuerzo por asegurar un suministro limpio.

Alrededor de un tercio de su ganado, calcula, proviene de tierras que han sido sancionadas. Otro 15% es de ranchos con títulos de propiedad y otros papeles que no coinciden con los registros públicos, lo que hace imposible que Costa coteje las tierras con las listas de embargo.

Las matemáticas de su libro negro hablaban claramente.

Para recuperar sus inversiones en la preparación de sus pastos, Costa necesita aumentar su número de cabezas de ganado de 1.700 a 2.500 cada año justo cuando empieza la temporada de lluvias, normalmente a mediados de diciembre. El momento es importante porque es cuando el ganado puede aprovechar la repentina aceleración del crecimiento de la hierba que trae la lluvia.

Si la manada es demasiado pequeña, parte de la hierba se desperdicia. Si pierde la ventana, Costa debe gastar aún más para comprar comida. Si Costa bloqueaba a los proveedores de ganado que sabía o sospechaba que habían despejado ilegalmente la tierra, se dio cuenta de que su rebaño no alcanzaría la masa crítica necesaria para “as aguas”, como se le llama a las lluvias.

En lugar de su beneficio habitual de unos 85 dólares por animal, Costa habría sufrido una pérdida de unos 50 dólares por cabeza. “Simplemente, no iba a funcionar”, explicó.

Abandonó el esfuerzo.

Como resultado, el propio Costa juega un papel indirecto en la perpetuación de al menos parte de la ilegalidad. Se siente atado, dijo, con pocas opciones para cambiar un sistema que le impide criar como cree que debería. “Me siento como si estuviera predicando en el desierto”.

Editado en español por Javier López de Lérida

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