November 3, 2016 / 10:07 PM / a year ago

PERFIL-Ortega, el maestro de negociar con Dios y con el Diablo para gobernar Nicaragua

Por Enrique Andrés Pretel

MANAGUA (Reuters) - Durante años, Fidel Castro evitó implicarse en la lucha sandinista contra la dictadura en Nicaragua temiendo que sus líderes acabarían apuñalándose unos a otros por la espalda.

Hasta que en 1978 Daniel Ortega lo convenció en una sola reunión de apoyar al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), sumando el respaldo del cubano a la larga lista de alianzas con la que llegaría a ser la cara más visible del derrocamiento de Anastasio Somoza el 19 de julio de 1979.

Casi cuatro décadas después y a punto de cumplir 71 años, el presidente Ortega va rumbo a su tercera victoria electoral consecutiva el domingo gracias a esa misma mezcla de persuasión, astucia y carisma con la que se ha convertido en uno de los líderes más populares y temidos de América Latina.

Unos alertan que busca instaurar una “dictadura familiar” de la mano de su esposa y compañera de fórmula Rosario Murillo, asegurando que tras el golpe de suerte que le llevó de vuelta al poder en 2007 ha violado la Constitución, manipulado la justicia y amañado el sistema para lograr su reelección en 2011.

Pero sus defensores alaban a un líder que ha logrado el difícil equilibrio de renovar la esperanza de los pobres sin espantar a los ricos, combinando un conservadurismo económico y una sensibilidad social que han disparado su respaldo hasta el 70 por ciento en las encuestas.

“Ha sido un proceso largo en la historia de Nicaragua llegar a alcanzar esa meta de que los cambios y las decisiones que tome el pueblo sean de forma pacífica”, dijo Ortega al inscribir en agosto su candidatura junto a Murillo.

Bajo un aspecto frágil y algo retraído, amigos y detractores retratan a un negociador nato con un absoluto conocimiento de la “fontanería” política nicaragüense que le ha permitido sacar rédito de sus pactos con la oposición, convencer a los empresarios y hasta ponerse en sintonía con la Iglesia.

“Ortega es un animal político que no puede ser subestimado. Es un corredor de largo plazo (con) resistencia y ambición. Reconoce instintivamente el manejo del poder y de los poderes fácticos”, dijo Carlos Fernando Chamorro, quien dirigió el diario sandinista Barricada en la década de 1980 y ahora es editor del medio crítico Confidencial de Nicaragua.

Investido con la épica de la revolución, por la que mató, robó, fue preso y torturado, Ortega tuvo que reinventarse al perder los comicios de 1990 en un país arruinado y dividido tras años de una cruenta guerra con los insurgentes de la Contra financiados por Estados Unidos.

La estética militar con gafas de pasta fue reemplazada por un estilo sobrio de camisas blancas, chaquetas oscuras y lentes de contacto. La feroz retórica revolucionaria dejó paso a un discurso de paz y reconciliación cuajado de referencias a Dios en un país joven y profundamente religioso.

“Para encontrar el justo medio, como dicen los asiáticos, lógicamente se tiene que mover el péndulo. Y el péndulo se mueve de acuerdo a las realidades del movimiento social, político, económico”, dijo para justificar sus cambios en una de sus últimas entrevistas con un medio opositor en 2005.

Libre de ataduras ideológicas, Ortega negoció millonarios fondos a través una alianza izquierdista con el fallecido líder venezolano Hugo Chávez, al tiempo que cortejaba al capital internacional. Buscó relajar la tensión con Washington, sin abandonar sus alianzas con Rusia, China e Irán.

Incluso cambió el rojinegro clásico del sandinismo por el azul pastel y fucsia que ahora domina su campaña. Tan solo el poblado bigote negro persiste como marca personal del ex guerrillero marxista que cambió el Jeep por el Mercedes Clase G.

“Hoy habla mal del imperialismo, mañana lo elogia; hoy dice que los capitalistas son unos buitres, al día siguiente dice que son benefactores”, lo criticó Dora María Téllez, ex combatiente del FSLN que acabó siendo enemiga jurada. “Ese es Ortega: sólo opera por ambición de poder”.

EL CARISMA DEL ERMITAÑO

Ortega nació en el humilde pueblo minero de La Libertad de un matrimonio considerado de clase media, cuyos dos primeros hijos murieron de paludismo. Cuando tenía cinco años, se mudaron a un barrio obrero en Managua, donde creció con una hermana y dos hermanos, que también se unirían a la revolución.

Los Ortega aprendieron a detestar a Somoza desde jóvenes, cuando su padre mostraba orgulloso un telegrama en el que el propio dictador le mandó “a comer mierda” por rechazar ayuda económica o cuando su madre relataba su arresto por cartearse con un novio de Costa Rica en una sospechosa “clave amorosa”.

Daniel abandonó los estudios de Derecho para unirse al FSLN a mediados de los 60, donde lideró la guerrilla urbana y combatió brevemente en la montaña antes de pasar siete años preso por robar un banco para financiar la causa.

Él cuenta que en prisión aprendió a vencer su timidez al verse obligado a ir al baño jaleado por centenares de presos que hacían fila esperando turno. Sus conocidos dicen que la tortura y el aislamiento lo hicieron un hombre más taciturno y reservado que evitaba los espacios abiertos y el contacto visual.

“Lo afectó muchísimo la cárcel”, dijo el sociólogo Óscar René Vargas, histórico militante sandinista que rompió con Ortega en 2007, al citar el carácter “ermitaño” y “silencioso” del presidente, cuyo hermano menor murió en combate.

A pesar de su falta de empatía, desde su exilio en Costa Rica logró ascender en el partido hasta encabezar la junta de gobierno entre 1979-1984 y ser presidente del sandinismo entre 1985-1990, unos dicen que por su habilidad para aunar voluntades dispares y otros que por ser el más maleable de los candidatos.

Convertido en icono de la izquierda mundial por resistir los embates de Washington durante la Guerra Fría y temido por la derecha como el Castro de Centroamérica, en esos años convulsos pulió su oratoria y forjó un sólido vínculo con unas bases que le permanecerían fieles incluso en los tiempos más duros.

“La conexión es extraordinaria, atávica y profunda. Por eso, aún en los peores momentos, Daniel no bajaba del 35 por ciento del electorado que le es absolutamente leal”, dijo Arturo Cruz, ex embajador de Ortega en Washington entre 2007 y 2009, al explicar el ambiente “religioso y carismático” que sintió cuando lo acompañó una vez en un mitin político.

EL COMANDANTE Y LA POETISA

Condenado a más de tres lustros en la oposición, Ortega se fue quedando solo con sus incondicionales hasta que emergió Murillo, una poetisa ahora de 65 años de una familia acomodada de Managua con la que se casó en secreto en 1978.

Ella fue su pilar en los momentos más oscuros, como cuatro derrotas electorales seguidas o un infarto en 1994. Por encima de todo, salvó su carrera política en 1998 al defenderlo de su hija Zoilamérica, que acusó a su padrastro de abusar sexualmente de ella durante años, algo que Ortega siempre ha negado.

“Recuerdo a Rosario al día siguiente que aceptamos el resultado (diciendo) ‘ahora vamos a luchar desde abajo”, aseveró en un acto en julio, alabando su lealtad y compromiso tras la derrota de 1990.

El hablar pausado de Rosario, a medio camino entre la arenga política y la invocación mística, se ha convertido en el sello de la “revolución socialista, cristiana y solidaria”, mientras su delgada figura, coloridos vestidos y profusa joyería destacan siempre al lado del presidente en actos y viajes oficiales.

“El sistema funciona en torno a él (Ortega) ejecutado por ella (Murillo)”, explicó Zoilamérica Narváez Murillo en Costa Rica, donde dice que está “exiliada” por el acoso de su madre. “Justifican toda una serie de cosas por tener una misión divina. Es una forma de mesianismo”, agregó.

Sus colaboradores alegan que los desmanes democráticos y la corrupción han sido una constante en la política nicaragüense, pero que al menos el “Comandante Ortega” ha logrado éxitos tangibles para reducir la pobreza con planes sociales, estabilizar la economía sin endeudarse y mantener la seguridad.

“Puede tener muchos errores de autoritarismo, de necesitar más cordura institucional. Pero tiene una garra enorme para defender a los sectores populares”, dijo Fanor Avendaño, jefe de un pequeño partido aliado, al relatar la decisión del presidente para hacer frente a una emergencia por lluvias.

Esa palpable sensación de prosperidad le valió pasar de ser el segundo líder más impopular de la región en 2008 al segundo mejor evaluado en 2016, según sondeos del Latinobarómetro, un capital político que usó para eliminar los límites a la reelección, nombrar a su esposa candidata a vicepresidenta y presionar sin contemplaciones a sus enemigos.

Con varios de sus siete hijos en puestos clave del Estado y los medios, la oposición denuncia que el creciente control de la dupla Ortega-Murillo sobre la justicia, el poder electoral y los militares los mantendrá blindados en el “trono” a toda costa.

“Ha sabido adaptarse”, dijo Luis Haug, de la encuestadora centroamericana CID Gallup. “Se salió del discurso ideológico ‘antiimperialista’ de la Guerra Fría por uno ‘pro-pueblo’ y ahora lidera un statu quo muy fuerte que sabe manejar”.

Reporte adicional de Iván Castro, editado por Pablo Garibian

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