March 2, 2018 / 12:18 PM / 9 months ago

Apertura económica castiga a pymes de Argentina que luchan por competir

BUENOS AIRES (Reuters) - De los cinco hornos de fundición para fabricar autopartes y tubos que tiene la empresa argentina Grupo Dema, tres permanecen apagados.

Un trabajador en la fundidora del Grupo Dema en Buenos Aires, feb 16, 2018. REUTERS/Martin Acosta

La planta de 260 empleados, ubicada en La Matanza -en las afueras de la ciudad de Buenos Aires- funciona al 50 por ciento de su capacidad. Y no hay expectativas de que los hornos ociosos vuelvan a funcionar: la empresa lucha contra los altos costos que le impiden competir con productos importados y han llevado a una caída en ventas del 40 por ciento en los dos últimos años.

Poco después de asumir en 2015, el presidente Mauricio Macri impulsó la apertura de la economía para acelerar el crecimiento y lograr una mayor eficiencia de las empresas. El Gobierno eliminó restricciones comerciales en busca de integrar el país al mundo, lo que permitió el ingreso de productos importados de consumo y bienes de capital para la industria local.

Pero la situación se volvió cuesta arriba para las pequeñas y medianas empresas, con poca escala, que tienen menos capacidad para reconvertirse que las grandes industrias y poco acceso al financiamiento.

“Los últimos tres años han sido de una situación de caída (de la producción) permanente. Podemos fabricar mucho más pero, lamentablemente, la competencia que tenemos de productos importados nos deja muchas veces fuera de mercado”, dijo a Reuters el director de Grupo Dema, Fernando Aragon.

La firma, que provee de autopartes a empresas como Toyota, Fiat y Vokswagen, se vio golpeada no solo por el ingreso de productos importados, sino también por un alza en sus costos.

La fuerte presión impositiva, el mayor precio de la energía por la reducción de subsidios estatales y el aumento de los gastos laborales y de transporte por la alta inflación hacen que muchas compañías como Dema no solo no puedan soñar con exportar, sino que apenas puedan competir dentro de Argentina.

Hasta el momento, Aragon pudo evitar despidos gracias a un subsidio estatal que recibió en el 2017 durante seis meses para complementar los salarios de sus trabajadores. Pero no espera que el Gobierno lo renueve este año porque busca reducir el déficit fiscal.

Si bien hubo una fuerte reactivación de las automotrices locales, no ha generado derrame en las empresas como Dema, ya que las ensambladoras de vehículos suelen optar por las piezas importadas, hasta un 40 por ciento más baratas.

La situación no es necesariamente un problema para Macri. El Gobierno considera que las importaciones son necesarias para mejorar la productividad y poder exportar, y que las firmas que no son eficientes como para competir con los bienes importados deben evolucionar para continuar en el mercado.

Las cifras reflejan la situación. Según la cámara que reúne a fabricantes de autopartes, en 2017 el déficit comercial del sector -que explica gran parte del déficit del país- totalizó 6.710 millones de dólares, un 15,4 por ciento más que en 2016. Mientras las importaciones del sector crecieron un 14 por ciento, las exportaciones subieron sólo un 8,6 por ciento.

El fuerte aumento de las importaciones y el bajo crecimiento de las exportaciones llevó el déficit comercial total de la tercera economía de América Latina a un récord de 8.471 millones de dólares el año pasado. Según estimaciones de analistas, el rojo comercial podría profundizarse este año.

La consultora Abeceb.com, que estudia de cerca el comercio exterior, estimó un déficit de 11.300 millones de dólares, con un aumento del 4,5 por ciento en las exportaciones y algo más del 8 por ciento de las importaciones.  

DOS REALIDADES

El Gobierno sostiene que el déficit se explica por la necesidad de importar mayor cantidad de maquinaria y otros bienes de capital para una industria que crece en línea con la recuperación de la actividad económica, que se expandió un 2,8 por ciento en 2017.

La producción fabril lleva nueve meses consecutivos de crecimiento interanual, con un aumento del 2,6 por ciento en enero respecto al mismo mes del 2017.

Pero esa es sólo una parte de la historia.

“Hace dos años tomamos la decisión de dejar de fabricar triciclos”, explicó Lorena Paglieri, una de las dueñas de Loriel, una pequeña empresa que fabrica columpios y juegos para niños. La empresaria dijo que las ventas han caído en los últimos tres años por la competencia de productos de China.

El Gobierno apuesta a que una recuperación económica de Brasil, el principal socio comercial de Argentina, impulse las exportaciones, tanto de pymes como de las grandes empresas.

“Brasil explica la mitad del déficit. Este año hay buenas perspectivas, ya que creemos que crecerá un 3 por ciento y demandará alimentos, autos y (productos del) sector químico”, dijo a Reuters una fuente del Ministerio de Producción.

Pero varios expertos creen que, aún con una reactivación en Brasil, las exportaciones argentinas seguirán creciendo menos que las importaciones porque el vecino país está reemplazando productos argentinos por otros de naciones más competitivas.

“Nosotros somos caros”, dijo a Reuters el director del Centro de Estudios para el Comercio Exterior del Siglo XXI, Miguel Ponce.

Si bien las empresas de baja escala gozan de algunos beneficios fiscales, piden también que se mantengan subsidios energéticos y una rebaja en los aportes para la seguridad social de sus trabajadores, que están por encima de los de la región.

“El dilema es cuánto van a aguantar las empresas que, como nosotros, están hace dos años aguantando y ya no aguantan más”, agregó Aragon.

Editado por Nicolás Misculin y Pablo Garibian

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