26 de junio de 2012 / 18:29 / en 5 años

Venezolano de 14 años alza vuelo como novel director de orquesta

Por Diego Oré

<p>El director de orquesta Jos&eacute; Angel Salazar durante un ensayo en la Isla de Margarita, Venezuela, jun 21 2012. Un cuatro de juguete a los dos a&ntilde;os y un concierto de ensamble de metales que lo hizo llorar de emoci&oacute;n a los ocho marcaron a Jos&eacute; Angel Salazar, quien hoy, con apenas 14, es el venezolano m&aacute;s joven en dirigir una orquesta en su pa&iacute;s y, posiblemente, en el mundo. REUTERS/Carlos Garcia Rawlins</p>

ISLA DE MARGARITA, Venezuela (Reuters) - Un cuatro de juguete a los dos años y un concierto de ensamble de metales que lo hizo llorar de emoción a los ocho marcaron a José Angel Salazar, quien hoy, con apenas 14, es el venezolano más joven en dirigir una orquesta en su país y, posiblemente, en el mundo.

Salazar, un adolescente que deleita con complejas sinfonías del austríaco Franz Schubert y oberturas de Antonio Vivaldi, es hijo de ‘El Sistema’, un programa que desde mediados de la década de 1970 arrancó de la pobreza y delincuencia a cientos de miles de niños y jóvenes venezolanos a través de la música.

“Que un muchacho de 14 años esté dirigiendo una orquesta y yendo a clases es un milagro que sólo ocurre en Venezuela”, dijo Salazar, orgulloso de sí mismo, en una reciente entrevista con Reuters en la ciudad de La Asunción, en la isla de Margarita, de donde es oriundo.

Salazar, el segundo de tres hermanos de un matrimonio de maestros de escuela, es uno de los mayores éxitos de ‘El Sistema’, así como lo son el director de la Orquesta Sinfónica de Los Angeles, Gustavo Dudamel, y Edicson Ruiz, que a los 17 se convirtió en el músico más joven en unirse a la Filarmónica de Berlín.

El Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, conocido como ‘El Sistema’, es un programa de educación musical creado por el aclamado venezolano José Antonio Abreu que, con una red de 180 orquestas de unos 350.000 jóvenes y niños, se ha convertido en un trampolín de músicos venezolanos al mundo.

“Yo quería tocar trompeta y cuando fui al núcleo de ‘El Sistema’ en Nueva Esparta había un concierto del Ensamble de Metales de Venezuela con un trompetista de la Filarmónica de Berlín. Recuerdo haber llorado tres veces de la impresión que me causó la música que interpretaron”, dijo Salazar en el descanso de un ensayo.

Luego de aquel suceso que marcaría su vida, el entonces niño de ojos claros, manos grandes y cabello ensortijado, dejó las lecciones de karate y se dedicó a su verdadera pasión: la música.

Pasó por la flauta dulce -instrumento con el cual todos se inician en ‘El Sistema’- hasta llegar al violín y convertirse en concertino gracias a su extraordinaria técnica.

Salazar, quien además domina la guitarra y el cuatro -un instrumento de cuerdas popular en Venezuela-, recuerda que su primera vez como director le llegó de pura casualidad.

“Estaba tocando (el violín) y había una reunión de profesores y el maestro tuvo que salir y, como no había nadie que se quedara a cargo, yo me hice cargo de la orquesta: solté el violín y empecé a dirigir”, contó con una pequeña sonrisa como quien recuerda una travesura.

Y así Salazar pasó a dirigir a muchachos que incluso le doblan la edad, siempre bajo la atenta mirada de su maestro, el director titular de la Orquesta Sinfónica del Estado Nueva Esparta, Felipe Izcaray.

Durante un concierto en la zona colonial de la isla, Salazar estuvo a la batuta de 40 jóvenes. Dirigió dos piezas y recibió una ovación de un minuto. En el escenario despliega la experiencia de un adulto, aunque todavía usa camisas de talla pequeña.

Su vida cambió repentinamente y apenas le queda tiempo libre. Luego del colegio, Salazar corre, sin cambiarse el uniforme, a ensayar hasta muy tarde en la noche.

Sus amigos y su familia también han sido imbuidos por la música. “Yo no tenía idea de lo que era una sinfonía ni que estaba compuesta por movimientos. O que entre movimientos no se aplaude”, contó Richard, de 42 años, papá de José Angel.

Salazar sueña con dirigir en los grandes escenarios como el Carnegie Hall de Estados Unidos o el teatro Bolshói en Rusia, pero mientras la fama le llega quiere estudiar idiomas para entender a su director predilecto, Schubert.

Editado por Silene; Ramírez

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