April 10, 2019 / 10:10 AM / 11 days ago

Vidas arrasadas: la pérdida de una madre en Mozambique

CHEIA, Mozambique (Reuters) - (Reportaje fotográfico: reut.rs/2UHekC4)

Una lágrima cae por el rostro de María Jofresse, de 25 años, durante una entrevista con Reuters en el campamento de desplazados, sobre los estragos que dejó el Ciclón Idai en John Segredo, cerca de Beira, Mozambique. 31 de marzo de 2019. REUTERS/Zohra Bensemra.

María Jofresse no puede encontrar las tumbas de sus dos hijas pequeñas, aunque ella ayudó a cavarlas.

Una sola lágrima sobresale debajo de cada uno de sus dos ojos oscuros cuando recuerda el momento en que la rápida crecida de las aguas le arrebató a sus niñas.

Tardaron cuatro días en encontrar sus cuerpos, que estaban enterrados donde los había dejado el ciclón Idai, lejos de donde vivían.

“Ya no puedo reconocer el sitio”, dice la madre de 25 años, secándose los ojos con un fragmento de falda estampada en un improvisado campamento de lonas azules, cerca de la aldea ribereña de Cheia. “No puedo encontrarlas”.

Durante la noche de la tormenta, Jofresse se refugió en la casa de su suegra con su esposo e hijos, una bebé de 6 meses y una niña de 4 años.

Al día siguiente, el río que está al lado de la aldea se desbordó y comenzó a llegar agua. La familia huyó, tratando de llegar a la carretera principal, que se encuentra en un terreno más alto.

Pero el agua subía demasiado rápido. Ante el temor a ahogarse, la familia se subió a un árbol de anacardo.

Durante 11 horas se aferraron a sus ramas, y Jofresse acunó a la bebé mientras su esposo sostenía a su hija mayor.

A las 10 pm, en la oscuridad total, el diluvio arrancó las raíces de los árboles de la tierra empapada, arrojando a la familia al rápido flujo de agua y separándolos.

Jofresse sobrevivió agarrada a otro árbol. Al día siguiente, vadeando el agua, ahora en gran parte estancada, encontró a su marido. Juntos buscaron a las niñas.

En la mañana del cuarto día, encontraron el cuerpo sin vida de la hija mayor, y por la tarde, el de la bebé.

Las niñas se encontraban entre las más de 800 personas que murieron en la tormenta y las fuertes lluvias que golpearon a Mozambique y a otros dos países del África meridional, Zimbabue y Malawi.

Después de cavar dos pequeñas tumbas, la pareja se unió a otras familias en el campamento ubicado a pocos kilómetros de su hogar destruido.

“Nos quedaremos aquí, porque no hay ningún sitio al que podamos volver”, dice Jofresse, sentada en una sombra en el campamento.

“Puedes venir a vivir conmigo”, interviene su padre, Joao Jofresse Ngira, afectado por el dolor de su hija.

Jofresse no responde.

No es la primera vez que pierde un hogar. En el año 2000, cuando solo tenía 5 años, las devastadoras inundaciones destruyeron la cercana aldea de Mashongo, donde vivía.

El Gobierno trasladó a la familia a una nueva comunidad, construida para aquellos que no tenían a dónde ir después de aquel desastre.

Ngira llevó a Reuters a visitar el pueblo, ubicado junto al río Muda. La gente lo llamó Cheia, o “Inundación” en portugués, “porque vinimos aquí desde el agua”, explica.

El lugar fue elegido porque estaba en un terreno más alto y menos propenso a las inundaciones.

“Se suponía que aquí estaríamos a salvo”, dice, de pie frente a las ruinas de la casa de cuatro habitaciones que el Gobierno le ayudó a construir. Cinco niños pequeños juegan entre lo que queda de la casa: un montón de ladrillos rotos y cemento agrietado.

El destino de Cheia muestra cómo está amenazando el cambio climático a lugares que hace poco menos de dos décadas se consideraban seguros.

El secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, dijo que la catástrofe en Mozambique es otra “alarma” sobre los peligros del calentamiento global, que según los científicos harán más frecuentes las tormentas devastadoras como el ciclón Idai.

“Desde este desastre, no hemos visto a nadie del Gobierno, a pesar de que son los que nos pusieron aquí”, dice Ngira.

Cuando se le pregunta si le gustaría mudarse a otro lugar, mira a sus embarradas zapatillas amarillas, antes de responder: “No tengo dinero. Es mejor no soñar”.

El domingo que Reuters visitó el campamento, había rumores de que esa tarde se entregaría comida.

Había pasado una semana desde que llegó la última ayuda y la gente tenía hambre. Jofresse canceló una misa para sus hijas porque temía que la comida llegara mientras ella no estaba.

Cuando finalmente llega la ayuda, Jofresse abre el paquete en su tienda azul. Dentro hay unos pañales.

Los deposita a un lado.

Haga clic en reut.rs/2UHekC4 para ver el reportaje fotográfico.

Escrito por Stephen Eisenhammer; traducido por Tomás Cobos en la redacción de Madrid

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